El pasado viernes tuve la suerte de poder asistir a un ensayo de la Orquesta Nacional de España para los conciertos que iba a efecturar este mismo fin de semana que recién se nos fue. En el ensayo pude escuchar tres piezas de un interés notable para mí: un Adagio de Samuel Barber, "Música para cuerdas, percusión y celesta" de Bartók, y la Novena Sinfonía de Dvorak. De todas ellas podría, siendo la primera de una belleza extrema y la tercera, en mi opinión, aburrida e interesante a cachos, hablar largo y tendido, pero hay una, y creo que ya salta a la vista cual es, que me fascina de manera notable y por encima de las otras dos. La obra de Bartok, brillante y realmente elaborado, me parece una de las más notables producciones del siglo XX, utilizando además muchas técnicas de vanguardia de una manera para mí genial y casi inigualable.
En el ensayo salto a la vista lo complicado de interpretar la obra del húngaro frente a las otras dos que se escucharon. Mientras que, tanto en el Adagio de Barber como en la Novena de Dvorak, el director hizo tan solo algunas escasas indicaciones a su orquesta, en la "Música para cuerdas, percusión y celesta" de Bartók, se mostró descontento con como salió la totalidad de la obra en un principio e incidió varias veces en distintos pasajes de la obra cuya complicación era realmente impresionante. Tocar y dirigir una obra de dichas características no ha de ser nada fácil. Lo cierto es que yo, desde mi humilde punto de vista, tampoco pude captar fallos importantes en estos fragmentos de los que hablo, pero las correcciones del director, sobretodo en referencia a las entradas y coordinación entre los distintos sectores orquestales y la adecuación del tempo para las mimas, llevaron a repetir algunos fragmentos incluso cuatro veces. Por supuesto, sobra decir que la Orquesta Nacional tuvo para mí en aquel ensayo una matrícula de honor como nota media, y es importante darse cuenta de lo complicada que ha de ser la obra de Bartok para que músicos de la talla de los que allí había, no lo consiguiesen hacer en su debida manera a las primera de cambio en el que era el último ensayo antes del estreno de dicha obra.
En fin, hecha esta ejemplificación, que creo que basta para entender la dificultad de la obra de Bartok, toca hablar de su significante y su significado. Se trata de una obra que aparece en 1936 y que combina las más avanzadas técnicas de vanguardia con algunas melodías que se nos antojan del folclore húngaro, sello inconfundible de la música del eterno Béla Bartók. Por ello la obra sigue para mí el camino que ha de seguirse cuando se trata de avanzar, de inventar nuevas formas, en el arte, desde la tradición hacia la vanguardia, sin olvidar nunca los orígenes. "Pero esto, le escuchaba decir a un compañero que asistió también a dicho ensayo, no te hace sentir nada". Por supuesto que comprendo su postura, pero creo que se debe a la mala educación que le damos a nuestros oídos, a lo cerrados que aun los tenemos a las nuevas formas del arte, bueno... nuevas o no tan nuevas, ya que esto se escribió hace ya más de setenta años. Sin duda, nada más lejos de mi opinión, para mí la obra de Bartók no solo es escuchable, sino que además me hace viajar por nuevos mundos, ígnotos y solo existentes en mi percepción de esta música, llenos de color, de muerte, de pena, de nada, de misterio y de pasión y de alegría. Obra de rica orquestación, de genial confección rítmica y melódica, de un virtuosismo armónico brutal, no cae en lo incomprensible, y esto solo es una opinión personal, de algunas obras de Schoenberg u otros vanguardistas europeos, ni tampoco en la aburrido del segundo movimiento de la Novena de Dvorak, por poner un ejemplo, siendo una obra entretenida y sabia a un tiempo, distante y cercana, fría y caliente... Y en eso reside su genialidad.
En el ensayo salto a la vista lo complicado de interpretar la obra del húngaro frente a las otras dos que se escucharon. Mientras que, tanto en el Adagio de Barber como en la Novena de Dvorak, el director hizo tan solo algunas escasas indicaciones a su orquesta, en la "Música para cuerdas, percusión y celesta" de Bartók, se mostró descontento con como salió la totalidad de la obra en un principio e incidió varias veces en distintos pasajes de la obra cuya complicación era realmente impresionante. Tocar y dirigir una obra de dichas características no ha de ser nada fácil. Lo cierto es que yo, desde mi humilde punto de vista, tampoco pude captar fallos importantes en estos fragmentos de los que hablo, pero las correcciones del director, sobretodo en referencia a las entradas y coordinación entre los distintos sectores orquestales y la adecuación del tempo para las mimas, llevaron a repetir algunos fragmentos incluso cuatro veces. Por supuesto, sobra decir que la Orquesta Nacional tuvo para mí en aquel ensayo una matrícula de honor como nota media, y es importante darse cuenta de lo complicada que ha de ser la obra de Bartok para que músicos de la talla de los que allí había, no lo consiguiesen hacer en su debida manera a las primera de cambio en el que era el último ensayo antes del estreno de dicha obra.
En fin, hecha esta ejemplificación, que creo que basta para entender la dificultad de la obra de Bartok, toca hablar de su significante y su significado. Se trata de una obra que aparece en 1936 y que combina las más avanzadas técnicas de vanguardia con algunas melodías que se nos antojan del folclore húngaro, sello inconfundible de la música del eterno Béla Bartók. Por ello la obra sigue para mí el camino que ha de seguirse cuando se trata de avanzar, de inventar nuevas formas, en el arte, desde la tradición hacia la vanguardia, sin olvidar nunca los orígenes. "Pero esto, le escuchaba decir a un compañero que asistió también a dicho ensayo, no te hace sentir nada". Por supuesto que comprendo su postura, pero creo que se debe a la mala educación que le damos a nuestros oídos, a lo cerrados que aun los tenemos a las nuevas formas del arte, bueno... nuevas o no tan nuevas, ya que esto se escribió hace ya más de setenta años. Sin duda, nada más lejos de mi opinión, para mí la obra de Bartók no solo es escuchable, sino que además me hace viajar por nuevos mundos, ígnotos y solo existentes en mi percepción de esta música, llenos de color, de muerte, de pena, de nada, de misterio y de pasión y de alegría. Obra de rica orquestación, de genial confección rítmica y melódica, de un virtuosismo armónico brutal, no cae en lo incomprensible, y esto solo es una opinión personal, de algunas obras de Schoenberg u otros vanguardistas europeos, ni tampoco en la aburrido del segundo movimiento de la Novena de Dvorak, por poner un ejemplo, siendo una obra entretenida y sabia a un tiempo, distante y cercana, fría y caliente... Y en eso reside su genialidad.