domingo, 20 de marzo de 2011

En la inmensidad de Mahler

A veces puedo escuchar música mientras hago cualquier otra cosa, pero esto me es imposible si se trata de Mahler. Cuando escucho la música de Mahler pasó a formar parte de su música y a pertenecerle a esa música y esa música me engulle y me arrastra, cierro los ojos y de repente estoy allí, en otro lugar, lejano y distinto, un lugar solo mío o más bien al que solo yo le pertenezco. La grandilocuencia de Mahler esconde, en lo más recóndito de sus enrevesadas entrañas, un universo oscuro y triste, extraño y cruel, melancólico y suave, y esconde más al fondo todavía un hálito de esperanzo, aunque esto es, claro, una interpretación muy personal, aunque de lo que no cabe ninguna duda es de que es único, totalmente único. Tampoco la hay de la genialidad del austriaco, de lo imponente y lo cuidado de sus orquestaciones, de lo grave, lo potente y lo suspicaz de sus melodías, de la profundidad que su estética alcanza y de la perfección y nitidez de sus obras. Tampoco hay duda de que en él se cumple eso de que las obras de un autor son todas la misma escrita de mil formas distintas. Sin duda la esencia de Mahler se encuentra en todas sus partituras en igual medida y las abarca todas, y su sello es inconfundible.
Una de las obras que más me entusiasman del de Bohemia es sin duda su tercera sinfonía. Él estallido de los metales en la primera parte de la obra va dando paso a una calma tensa, tirante, sostenida, los metales van cantando su plegaria entre la pena y el dolor, como si se tratase de un alma afligida y con poca esperanza, pero entonces surgen las maderas y abren un nuevo período, un período que parece discurrir en otro lugar, en otro lugar donde el corazón se llena de fuerza y los pulmones de aire, y el alma se hace dichosa y hasta parece en ocasiones eufórica, pero aquí ya se empieza a adivinar que esa euforía esconde algo más, un secreto, una mentira, esa pena y ese dolor que en ningún momento se han marchado, a pesar de todo. Y así, Mahler nos va llevando, poco a poco por un camino que habremos de hacer nuestro y que habremos de interpretar desde el corazón, pero también, desde la inteligencia. Será un camindo, sin duda, extremadamente complicado de recorrer, un camino con muchas curvas y con muchos obstáculos, pero lleno de vida (y de muerte, aunque creo que la segunda forma parte de la primera), lleno de sabiduría, lleno de aire. Los metales resonaron imponentes y gloriosos, la percusión marcará la marcha, las maderas nos darán el aire y la vida, la cuerda se mostratá dulce a momentos y a momentos cruel, y oiremos, por encima de todo, el latido de un mundo, de nuestros propio mundo, del mundo de Mahler. Dichosa tercera de Mahler, que me lleva y me trae y juega conmigo a su antonjo, otra genialidad más de unos de los mayores genios que ha dado la música y que significó sin duda muchísimo en la historia de la misma. Un genio que caminó hacia lo nuevo sin renunciar jamás a lo viejo, como se ha de hacer, y sin tenerle tampoco ningún miedo al abismo.

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